No todas las decisiones que tienen mayor impacto parecen importantes en el momento en que se toman. Algunas forman parte de definiciones cotidianas del proyecto o resuelven una necesidad concreta, pero también condicionan otras decisiones que vendrán después.
Con el avance del proyecto, esas relaciones se multiplican y aquello que inicialmente podía modificarse con relativa facilidad comienza a involucrar documentación, contrataciones, materiales y trabajos ejecutados.
En ese recorrido ocurre algo importante: el margen disponible para cambiar una decisión se va reduciendo. Una modificación que durante las primeras etapas podía resolverse revisando una definición puede requerir más adelante actualizar documentación, coordinar especialidades, modificar una contratación o intervenir sobre algo que ya fue ejecutado. El costo de corregir empieza entonces a depender de todo lo que esa decisión fue organizando a su alrededor.
Una decisión pequeña puede tener una vida mucho más larga que el momento en que fue tomada. Por eso, anticiparse supone intentar reconocer qué consecuencias puede producir una decisión mientras todavía tenemos posibilidades reales de modificarla.
Mirar una decisión desde más de un lugar
Ninguna persona observa un proyecto desde todas sus dimensiones al mismo tiempo. Quienes proyectan, quienes construyen y quienes finalmente utilizarán el espacio se relacionan con una misma decisión desde necesidades diferentes. Incorporar esas perspectivas en momentos oportunos permite ampliar aquello que somos capaces de advertir antes de avanzar.
La diversidad de miradas no elimina la posibilidad de equivocarnos, pero aumenta las oportunidades de detectar consecuencias que desde una única perspectiva podrían permanecer invisibles.
Esto tampoco implica que todas las personas deban participar de todas las decisiones. Un proyecto necesita responsabilidades claras y procesos que permitan avanzar, por lo tanto, el desafío está en reconocer aquellas definiciones capaces de producir efectos sobre distintas dimensiones y generar, para ellas, las instancias de revisión adecuadas.
También importa cuándo se incorporan esas miradas. Una observación realizada mientras todavía se están evaluando alternativas puede enriquecer una decisión. La misma observación, cuando la documentación está cerrada, los materiales fueron adquiridos o la ejecución ya comenzó, puede convertirse en un problema que exige evaluar costos, plazos y responsabilidades antes de poder actuar. La información que llega a tiempo permite decidir; cuando llega tarde, muchas veces obliga a corregir.
Preguntarnos cómo se va a construir es importante, aunque también necesitamos saber cómo se va a utilizar, mantener, adaptar o recorrer aquello que estamos definiendo.
Hay consecuencias que aparecen después de la entrega
Algunas decisiones atraviesan toda la obra sin llamar demasiado la atención y recién muestran sus consecuencias cuando el espacio comienza a utilizarse. El mantenimiento es uno de los ámbitos donde esto se vuelve especialmente visible: aquello que parecía una solución adecuada durante el proyecto puede exigir intervenciones complejas durante años.
Algo similar ocurre con la accesibilidad. Determinadas barreras pueden hacerse evidentes recién cuando personas con distintas necesidades comienzan a relacionarse con el espacio. La seguridad y la experiencia de uso también permiten observar el proyecto desde esta perspectiva. Las personas interactúan cotidianamente con decisiones que fueron tomadas mucho antes de que ellas llegaran y, en muchos casos, sin que pudieran participar de esas conversaciones.
En esos casos, el costo adquiere una dimensión diferente. Ya no se trata únicamente de cuánto hubiera costado modificar una solución durante el proyecto. Puede expresarse en horas de mantenimiento, dificultades operativas, pérdida de flexibilidad, nuevas intervenciones o problemas que se repiten durante la vida útil de la obra. Una decisión puede resultar económica en el momento en que se toma y costosa cuando se observa todo su recorrido.
Pensar esas consecuencias temprano implica ampliar el horizonte con el que evaluamos una decisión, incorporando preguntas cuyos efectos quizás no veremos durante la ejecución.
Anticipar, de todos modos, no significa intentar prever cada situación posible. Ningún proyecto puede conocer de antemano todo lo que ocurrirá durante la ejecución y el uso. Se trata más bien de hacer aparecer temprano aquellas preguntas que sabemos que en algún momento habrá que responder: cómo se ejecutará una solución, qué necesitará quien deba mantenerla, qué ocurriría si cambian determinadas condiciones, quiénes utilizarán el espacio o qué tan difícil sería modificar una definición más adelante.
No todas esas preguntas tendrán una respuesta definitiva desde el comienzo. Su valor está también en ayudarnos a reconocer qué decisiones admiten cambios posteriores y cuáles empiezan rápidamente a cerrar alternativas. En ese sentido, anticipar consiste tanto en encontrar respuestas como en identificar a tiempo dónde conviene detenerse a preguntar.
Pensar esas consecuencias temprano implica ampliar el horizonte con el que evaluamos una decisión, incorporando preguntas cuyos efectos quizás no veremos durante la ejecución.
Decidir temprano no garantiza acertar. Incorporar más perspectivas tampoco permite anticipar todas las consecuencias. Lo que ambas cosas pueden hacer es conservar durante más tiempo algo especialmente valioso para cualquier proyecto: la posibilidad de elegir.
