Cada vez que proyectamos un espacio imaginamos, de alguna manera, a las personas que van a usarlo. Pensamos por dónde van a entrar, cómo se van a mover, qué van a necesitar encontrar y de qué manera van a relacionarse con aquello que estamos diseñando.
El problema es que esa persona que imaginamos suele moverse con facilidad, ver y escuchar correctamente, comprender las indicaciones que encuentra y saber intuitivamente qué hacer. Es una especie de “usuario estándar” que resulta útil para proyectar, pero que pocas veces representa toda la diversidad que después encontramos en la realidad. La accesibilidad permite poner esa idea en discusión.
Durante mucho tiempo la asociamos principalmente con cuestiones físicas: poder ingresar, circular, salvar un desnivel o utilizar determinado espacio. Son condiciones fundamentales, pero quedarse solamente con ellas deja afuera muchas otras formas en las que una persona puede encontrar una barrera.
Poder entrar a un lugar no significa necesariamente poder utilizarlo con autonomía, también necesitamos orientarnos, comprender dónde estamos, reconocer hacia dónde ir, acceder a la información y entender cómo funciona aquello que tenemos alrededor. Un mismo espacio puede resultar evidente para algunas personas y difícil de interpretar para otras.
La accesibilidad empieza entonces a ampliar su alcance. A la dimensión física se suman la sensorial y la cognitiva, y aparece una pregunta más compleja: ¿qué necesita una persona para comprender un espacio y utilizarlo con la mayor autonomía posible?
La persona que imaginamos también condiciona el proyecto
Muchas barreras no aparecen porque alguien haya decidido deliberadamente dejar una necesidad afuera. Surgen, sobre todo, cuando ciertas capacidades se dan por sentadas dado que esos supuestos terminan convirtiéndose en decisiones de proyecto.
Una señalización difícil de interpretar o un recorrido que depende exclusivamente de referencias visuales hasta una información que solo puede recibirse de una manera o un espacio cuya lógica resulta clara únicamente para quien ya lo conoce pueden convertirse en barreras, aun cuando físicamente sea posible ingresar y circular.
Ahí la accesibilidad física empieza a encontrarse con la sensorial y la cognitiva. Ya no alcanza con preguntarnos si alguien puede llegar hasta un lugar; también importa saber si puede comprenderlo y utilizarlo con la mayor autonomía posible.
Mirarlo de esta manera cambia foco de la conversación. En lugar de pensar primero en una persona que tiene una dificultad y luego preguntarnos cómo adaptar el entorno para ella, podemos revisar si algunas de esas dificultades están siendo producidas por la manera en que ese entorno fue pensado.
La diferencia puede parecer sutil, pero desplaza una pregunta importante: ¿la limitación está siempre en la persona o, a veces, está en una decisión de diseño que contempló una sola manera de hacer las cosas?
¿Existe realmente un usuario estándar?
Las personas somos diferentes entre nosotras, pero además cambiamos a lo largo del tiempo. Envejecemos, atravesamos situaciones temporales que modifican nuestra movilidad o nuestra percepción, podemos conocer perfectamente un lugar o entrar por primera vez sin ninguna referencia.
Algo que hoy utilizamos sin siquiera pensarlo puede requerir otro esfuerzo en una etapa diferente de nuestra vida o bajo otras circunstancias. Esto vuelve más difícil sostener la idea de una persona estándar para la cual diseñar y, después, una serie de excepciones a las que habrá que dar respuesta.
La diversidad no es la excepción del proyecto. Es parte de las personas para las que proyectamos. Pensar desde esa diversidad no implica imaginar una solución diferente para cada persona posible. Permite, más bien, preguntarnos cuántas maneras de utilizar, comprender y recorrer un espacio estamos contemplando desde el comienzo y cuánto depende su funcionamiento de capacidades que hemos dado por supuestas.
Diseñar también es hacer supuestos
Proyectar siempre va a requerir trabajar con supuestos. Lo interesante es poder reconocerlos.
¿Estamos suponiendo que todas las personas van a entender una indicación de la misma manera, que podrán orientarse con las mismas referencias o que utilizarán un espacio como nosotros imaginamos?
Hacernos estas preguntas permite ampliar la mirada antes de que determinadas decisiones queden incorporadas al proyecto y muchas veces termina beneficiando a más personas de las que inicialmente teníamos en mente.
Es ahí donde aparece una de las dimensiones más interesantes de la accesibilidad: obliga a observar decisiones que de otro modo podrían parecernos neutrales.
Cada decisión de proyecto contiene alguna idea sobre las personas: sobre lo que pueden hacer, lo que van a entender, cómo se van a mover y qué necesitarán para desenvolverse. Algunas de esas ideas son explícitas; otras se incorporan casi sin que las notemos. Revisarlas también forma parte de diseñar. Antes de preguntarnos si un espacio es accesible, hay una pregunta todavía más interesante: ¿para quién lo estamos imaginando accesible?
Cuanto más amplia sea nuestra respuesta, menos dependeremos de aquel “usuario estándar” que resulta tan cómodo sobre el plano y que, fuera de él, probablemente nunca haya existido.
