La educación superior atraviesa un momento de transformación profunda. Ya no alcanza con pensarla como un puente único entre la universidad y el mundo del trabajo.
Hoy asistimos a la oportunidad de moldear un verdadero ecosistema de formación, en el que conviven -no sin tensiones- universidades, institutos técnico-profesionales, centros de formación, plataformas y empresas, como parte de un entramado cada vez más complejo.
Este cambio no es meramente organizativo. Supone reconocer lógicas de aprendizaje distintas: estudiantes que combinan trabajo y estudio, personas que entran y salen de la educación a lo largo de su vida, jóvenes que buscan opciones breves y focalizadas, y adultos que desean validar saberes adquiridos.
Este escenario plantea un interrogante crucial: ¿cómo lograr que esa diversidad no derive en dispersión ni en desigualdades mayores, sino que se traduzca en itinerarios articulados, inclusivos y de calidad?
Diversidad de ofertas y nuevas demandas sociales
El sistema universitario, con sus carreras largas y tradicionales, sigue siendo el corazón de la formación de profesionales en disciplinas clave. Sin embargo, ya no es la única puerta de entrada al conocimiento y la formación superior. Cada vez más jóvenes y adultos optan por formaciones más breves y focalizadas, muchas veces certificadas por fuera de la universidad. A su vez, las empresas comienzan a valorar más las competencias demostrables que los títulos formales.
Carreras cortas de formación técnico-profesional, microcredenciales, certificaciones laborales y programas híbridos conviven con la universidad. Para algunos sectores, estas nuevas opciones representan una vía rápida de acceso al empleo; para otros, la posibilidad de retomar estudios interrumpidos o de actualizarse en un mercado cambiante. Lo cierto es que configuran un mapa educativo heterogéneo que requiere articulación y reglas de juego: criterios de calidad compartidos, portabilidad de aprendizajes y mecanismos de reconocimiento que eviten “callejones sin salida”. En cuanto a la universidad, el nuevo escenario la interpela a revisar sus formas de enseñar y certificar.
El rol insustituible de la universidad
Además de formar en profesiones clave para la sociedad, la universidad aporta algo que nadie más puede garantizar de modo sostenido: competencias transversales—pensamiento crítico, capacidad de análisis, comunicación, trabajo en equipo, ciudadanía democrática—, que no caducan con la obsolescencia tecnológica ni con la demanda coyuntural de un sector productivo. Esa es su ventaja comparativa, que no implica desatender la dimensión instrumental, sino complementarla.
Además, la universidad tiene las condiciones para liderar la complejidad del ecosistema: definir estándares, validar calidad en alianzas con cámaras y empresas, reconocer aprendizajes previos, proponer pasarelas y certificar tramos de sus ofertas, para que el “todo o nada” de las carreras largas ceda paso a itinerarios acumulativos.
Lejos de “responder al mercado”, el rol proactivo de la universidad se basa en configurar un espacio público de confianza, donde los distintos actores se conecten con sentido y con garantías para las personas que quieren aprender a lo largo de su vida.
Flexibilidad curricular y sistemas de créditos
Así como la acumulación de asignaturas y requisitos no garantiza aprendizajes significativos, la expansión de formatos breves no resuelve, por sí sola, los problemas de rigidez curricular de las carreras largas. Cada vez más se fortalece la idea de organizar la formación en base a diseños modulares centrados en problemas, con núcleos de saberes relevantes y opciones electivas que abran diversos caminos sin perder coherencia.
Aquí los sistemas de créditos académicos se convierten en una herramienta clave, ya que permiten portabilidad, reconocimiento de saberes fuera del aula, movilidad dentro y entre instituciones y la articulación entre ofertas diversas. En otras regiones cumplieron ese papel; en nuestra región, su valor crece si se conectan con marcos nacionales de cualificaciones y acuerdos interinstitucionales que den comparabilidad y transparencia.
Bien implementados, los sistemas de créditos abren la puerta a trayectos de formación flexibles, acumulativos y articulados, tanto dentro como fuera de la universidad.
Microcredenciales y tramos cortos: oportunidades y riesgos
Las microcredenciales se han consolidado como una de las innovaciones más comentadas en los últimos años. Certifican aprendizajes específicos y verificables en poco tiempo. Son útiles para reskilling y upskilling, para reconocer aprendizajes previos y como piezas de trayectos apilables que pueden dialogar con programas más largos. Pero su valor depende de tres condiciones: calidad, transparencia y portabilidad. Sin ellas, el resultado es un mercado heterogéneo y opaco, que puede fragmentar aún más la oferta educativa; con estas condiciones, son un puente legítimo entre saberes y oportunidades.
Aquí la universidad tiene un rol central: codiseñar con actores socio-productivos, establecer estándares, certificar la calidad, validar aprendizajes y, cuando sea posible, articular microcredenciales con carreras más largas.
Trayectos flexibles: entradas, salidas y acompañamiento
Los datos muestran que cerca del 40 % de quienes ingresan a la universidad en Argentina abandonan en los primeros dos años. Pensar en trayectos flexibles implica legitimar entradas y salidas del sistema, certificar lo aprendido en cada tramo y ofrecer orientación académica ante el riesgo de fragmentación. La flexibilidad no es “cada quien a su suerte”: requiere diseño curricular previsor, herramientas digitales para gestionar créditos y tutorías que ayuden a decidir con información y a tiempo.
Un punto decisivo es reconocer trayectos inconclusos sin convertirlos en fracaso. Certificar aprendizajes intermedios puede ser la llave para volver más adelante, articular con otras propuestas o mejorar la inserción laboral.
La universidad, lejos de perder relevancia, puede liderar esta transición hacia un modelo de aprendizaje permanente, en el que las credenciales se acumulen, se articulen y se reconozcan en distintos niveles. Un modelo que combine inclusión, pertinencia y calidad, en diálogo con políticas públicas que promuevan la equidad y la cohesión social.
Condiciones de política y de gestión para un ecosistema de formación virtuoso
Este cambio exige políticas públicas y decisiones institucionales claras:
- Marcos de cualificaciones y catálogos de resultados de aprendizaje que ubiquen
niveles y den comparabilidad a los diferentes módulos y trayectos. - Acuerdos de reconocimiento entre instituciones (y con el mundo del trabajo) para
que los créditos efectivamente “circulen”. - Aseguramiento de la calidad de microcredenciales y ofertas cortas, con evidencia
de logro y evaluación auténtica. - Infraestructura para credenciales digitales verificables y registros públicos
que aporten transparencia. - Sistemas de información sobre trayectorias y demanda formativa que orienten
decisiones y actualizaciones periódicas.
En paralelo, la universidad debe revisar su gobernanza curricular: incentivar la modularización con sentido, reconocer aprendizajes previos, posibilitar cursos optativos intercarreras y revisar las prácticas del aula para un aprendizaje experiencial, sin renunciar al espesor formativo de sus disciplinas.
Conclusión: liderazgo universitario en un ecosistema plural
Estar a la altura de su tiempo no significa para la universidad perseguir modas pasajeras ni subordinarse a las urgencias del mercado. Significa asumir un liderazgo público capaz de ordenar la diversidad de ofertas, proteger la calidad formativa y ensanchar las oportunidades de aprendizaje.
Implica diseñar su oferta en base a trayectos acumulables y reconocibles mediante créditos, con pasarelas y certificaciones intermedias; garantizar competencias críticas y transversales como un bien público indispensable para la vida democrática y el trabajo; conducir alianzas con empresas, cámaras y plataformas en base a estándares de calidad; reconocer saberes previos y certificar tramos formativos y ofertas breves -propias y de otras instituciones; y rendir cuentas con evidencia sobre resultados de aprendizaje que permitan la mejora en ciclos continuos de calidad.
Este es el verdadero rol proactivo de la universidad: ser arquitecta, garante y articuladora de un ecosistema plural, flexible y justo. Lejos de controlar lo que otros actores hacen, o de acompañar pasivamente lo que dicta la coyuntura, se trata de construir con otros, en un ecosistema de educación superior diverso, con reglas claras y caminos que hagan posible que cada persona pueda aprender a lo largo de la vida con sentido, reconocimiento y horizonte de futuro.
Autora Mónica Marquina
Dra. en Educación Superior (UP, Arg.) y MA in Higher Education Administration (Boston College, EE. UU.). Lic. en Ciencias de la Educación (UBA). Investigadora independiente del CONICET. Prof. Titular de UNTREF en temas de gobierno y gestión universitaria y prof. adjunta en la FFyL UBA, en Educación Comparada. Fue Directora Ejecutiva del Programa de Calidad Universitaria (SPU 2016-2018). Es consultora en temas de educación superior para IESALC-UNESCO, OBREAL Global y OEI España. Es miembro de CONEAU desde 2018, segundo período. Es autora de artículos y libros sobre sus temas de investigación, a nivel nacional e internacional.
